¿Qué ideología tienen los que proclaman el fin de las ideologías?
- Raúl Ávila

- 23 sept 2020
- 3 Min. de lectura
En el año 1997 se publicó el libro “EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN”, el cual registraba un intercambio epistolar (promovido por la revista italiana “Liberal”) entre el arzobispo jesuita de Milán, Carlo María Martini y el filósofo y semiótico Umberto Eco.
Allí se abordaban diferentes aspectos de interés general y podían constrastarse las posturas de ambos participantes, lo cual redundaba en un enriquecimiento conceptual del lector de aquel “debate” mediante correspondencia.
Lo cierto es que ya el título del libro resultaba, además de desafiante, altamente atractivo para lectores ávidos de indagar en este tipo de disyuntivas.
Y en estos tiempos, donde hay tanta gente que pretende decretar “el fin de las ideologías”, con falsas oposiciones (plagadas de falacias), en las cuales se pretende hacer preguntas retóricas del tipo “¿es de izquierda o derecha buscar el acceso a mejor calidad de vida de la gente?” o “¿cuál es la ideología que niega la integración de las minorías?” (pregunta que suele venir acompañada de la respuesta obvia: “ninguna”).
Y el problema no es si existe alguna corriente filosófica que sostenga lo contrario a lo obvio, sino cuáles son los caminos que toman las diferentes líneas de pensamiento para llegar a esos objetivos compartidos por la casi unanimidad de las personas.
Porque cuando el Presidente de una asociación que nuclea a los productores rurales de un país, sostiene que “aunque todos podamos estar de acuerdo en que la desigualdad extrema no es deseable, la desigualdad de ingresos va a existir siempre” y ningún actor del gobierno (que es quien debe administrar de modo tal de evitar esas desigualdades) le enmienda la plana a tal afirmación, lo que se está haciendo -por acción y omisión- es naturalizar las inequidades como si de designios divinos se trataran.
Del mismo modo, cuando quien administra la educación y la cultura pretende desacreditar a un colectivo de trabajadores de su rama específica, con la paupérrima comparación de la cantidad de seguidores en una red social respecto del número de docentes (con el agregado de señalar un número inexacto), se está contribuyendo a un clima de enfrentamiento propio de regímenes claramente identificados.
Y lo mismo se puede señalar de una candidata a administrar la capital política de nuestro país que, luego de señalar que “arreglar el foco de luz no es de derecha ni de izquierda”, basó buena parte de su estrategia de campaña en una única palabra del plan de gobierno oficialista, pretendiendo endilgarle a la fuerza con la que compite intenciones confrontativas (o directamente violentas), sin explicitar claramente cuáles serían sus planes de trabajo si obtuviera el triunfo electoral.
Estos tres ejemplos, bastante recientes y muy visibles son muestras muy elocuentes de la derecha en sus más claras y evidentes formas de accionar.
Porque naturalizar la desigualdad, desacreditar a las organizaciones sindicales y enfocarse en posibles consecuencias negativas a partir de un elemento parcial, son estilos sórdidos que pretenden perpetuar el status quo histórico, a través de lógicas de razonamiento que procuran eliminar el espíritu crítico y niegan no sólo la existencia de las clases sociales (como si de ese modo pudieran invisibilizarlas), niegan -por transitiva- las tensiones entre las clases sociales (todo sea para evitar que se piense la lucha de clases). Eso, en resumen, es lo que históricamente hizo, hace y seguirá haciendo LA DERECHA.
Y a esos procesos nos debemos oponer quienes nos consideramos de izquierda. Identificando claramente cuál es el problema, cuáles son la o las posibles soluciones y pensando los caminos posibles de soluciones, teniendo siempre como norte la igualdad de oportunidades, la equidad entre las personas y el bienestar general.
Debemos dejar de ocuparnos de lo accesorio para encargarnos de lo importante. Abandonar las pequeñas rencillas sobre comentarios, aspectos superficiales o provocaciones que nos desvían de los objetivos sociales que siempre debemos poner sobre la mesa.
Y debemos, además, abocarnos a construir nuestra propia agenda de temas a considerar, accionando en el sentido que nos propongamos y no reaccionando ante los embates de una derecha que ni siquiera se anima a llamarse a sí misma como tal, porque además tiene vergüenza de serlo.
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