NO ES LO MISMO
- Raúl Ávila

- 21 may 2020
- 3 Min. de lectura
Ayer, como cada 20 de mayo, se conmemoró un nuevo aniversario de los asesinatos de los legisladores Zelmar Michelini y Hector Gutierrez Ruiz, junto a los militantes Rosario Barredo y William Whitelaw, sucedido en Buenos Aires en 1976.
Como sucede cada 20 de mayo, desde hace 25 años, se celebró la Marcha del Silencio (esta vez en forma virtual) y como lamentablemente también venimos constatando, los reproductores del odio volvieron a intentar (sin éxito, como siempre) empañar una fecha insoslayable del almanaque reivindicativo uruguayo.
Es que las expresiones "NUNCA MÁS", "SON MEMORIA", "SON PRESENTE" y "¿DÓNDE ESTÁN?", no son simples consignas. Su vigencia y su contundencia se resignifican año a año y curiosamente (o no tanto), en este año de pandemia y de medidas de distancia social que impiden la tradicional marcha a pie, la forma virtual hizo más atronador el silencio pidiendo VERDAD Y JUSTICIA por aquellos que fueron arrebatados de sus afectos por el odio puro y duro.
Quedaron cada vez más solos quienes intentan torpemente la comparación entre las víctimas del terrorismo de Estado y las de la incipiente guerrilla. Es que no entienden, porque no quieren o no pueden entender, que no son lo mismo y que ni siquiera se trata de dos caras de una moneda. Nunca lo fueron, porque el Estado no debe nunca atentar contra los ciudadanos y porque -además- la mayoría de los desaparecidos jamás habían empuñado un arma en contra de nadie.
Pero además quedan solos y sin argumentos, tratando burdamente de adjudicar a un movimiento armado que apenas duró activo un par de años hasta su derrota, cuando la historia es contundente en demostraciones de la violencia creciente de los grupos de derecha en la sociedad uruguaya.
Entonces, cuando se pretende imputar a la guerrilla (y particularmente al MLN-Tupamaros) del golpe de Estado y de la violencia que hubo antes, durante y después de la dictadura, sencillamente ignoran u obvian hechos que sucedieron antes de que existieran los grupos armados y después de que hubieran sido derrotados (según lo expresado por los propios militares en sus publicaciones escritas, el MLN-Tupamaros fue derrotado en 1972).
Porque mucho antes incluso del Pachecato ya había gérmenes de violencia de derecha en nuestro país.
Sólo a modo de rápido repaso: en 1955 (cuando el Uruguay era presidido por un colegiado a cuyo frente estaba Andrés Martínez Trueba) la primera edición del primer libro de poemas de Washington Benavides, "Tata Vizcacha", fue incautada en las librerías de Tacuarembó y luego incinerada en la plaza principal de ese departamento por el MOVIMIENTO DE ACCIÓN DEMOCRÁTICA (movimiento de derecha que en el contexto de la guerra fría se oponía al comunismo); el 6 de julio de 1962 (siendo el presidente del Consejo Nacional de Gobierno Faustino Harrison Usoz), Soledad Barrett, una jóven paraguaya de sólo 17 años, fue secuestrada por un comando de ideas nazis que le marcaron con navajas esvásticas en los muslos; el 28 de febrero de 1972 (un año antes del golpe de Estado oficial), durante la Presidencia de Juan María Bordaberry, el jóven estudiante y poeta Íbero Gutiérrez fue acribillado por un grupo paramilitar auto denominado "Comando Caza Tupamaros" que dejaron en su cuerpo 13 impactos de bala de por lo menos 3 armas diferentes;el 16 de abril de 1984, cuando ya se había resuelto la reapertura democrática tras once años de dictadura, el jóven médico Vladimir Roslik fue asesinado en el Batallón N° 9 de Fray Bentos.
Todos estos hechos, sumados a las desapariciones durante la dictadura siguen impunes.
Pero además, el Plan Cóndor que posibilitó los secuestros y desapariciones de uruguayos en otros países del continente (principalmente en Argentina) y que fue negado por muchos de los que luego nos dejaron la vergonzosa ley de impunidad, tuvo entre sus víctimas más inocentes a niños (muchos de ellos recién nacidos) que fueron arrancados de sus madres y entregados ilegalmente a familias vinculadas directa o indirectamente con los represores.
Estas consideraciones y muchísimas otras que ya fueron demostradas hasta el hartazgo son las que hacen que -aun entendiendo y solidarizándonos con el lógico dolor de los familiares de quienes cayeron en acciones de la guerrilla- afirmemos que no se puede comparar y que hacerlo es sencillamente miserable.
Porque las muertes en acciones violentas, aun siendo injustas, están dentro de las posibilidades (en cualquier hecho delictivo violento con uso de armas de fuego puede ocasionarse la muerte de una persona que esté dentro del alcance de disparo).
En cambio, la función de las fuerzas armadas de cualquier Estado es cuidar a los ciudadanos, no secuestrarlos, torturarlos, asesinarlos y desaparecerlos.
La pérdida de un ser querido entonces, es siempre dolorosa, pero no siempre es lo mismo.
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