ENTRE LO REAL Y LO PRETENDIDAMENTE POSIBLE
- Raúl Ávila

- 19 nov 2019
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El próximo domingo se realizará una instancia trascendental en la vida de mi querido Uruguay.
La población deberá elegir quién gobernará los próximos cinco años.
Estarán en juego dos opciones de país bien diferenciadas: por un lado estará el Ing. Daniel Martínez, representando el actual partido de gobierno.
En los últimos 15 años, el Frente Amplio ha gobernado el país y ha puesto a Uruguay en el concierto mundial. Desde los lejanos tiempos de José Batlle y Ordóñez (a principios del siglo XX), el mundo no había visto el acontecer político uruguayo con los elogiosos ojos con que lo volvieron a ver durante este último lapso. Desarrollo económico, justicia social, agenda de derechos largamente postergados y distribución equitativa de la riqueza fueron (y son) los temas por los cuales el mundo hoy habla de Uruguay (naturalmente cuando no se habla de fútbol). El "Pepe" Mujica es fuente de inspiración y de cita frecuente, llegando incluso a inspirar un libro infantil de uso obligatorio entre los escolares de Japón.
El otro modelo de país estará representado por Dr. Luis Lacalle Pou, un candidato ciertamente jóven, hijo del ex presidente homónimo que terminó su mandato en 1994 con muchas manchas en su foja.
Pero mi idea no es comparar estos últimos 15 años (que ciertamente también tuvieron sus sombras) con aquellos 5 años interminables que fueron el preámbulo de otros peores aún.
Nada de eso.
Me quiero detener en los uruguayos. En todos. En los que apoyamos al Ing. Daniel Martínez y en quienes adhieren a la candidatura del Dr. Lacalle.
El pasado 27 de octubre, durante la primera vuelta de la elección el Frente Amplio obtuvo (sobre los votos válidos) más del 40% de votación, mientras que el Partido Nacional no llegó al 30%.
Más allá que en cualquier sistema electoral con un balotaje real eso ya alcanzaría para no celebrar la 2da. vuelta, nuestra Constitución (reformada en 1996 para detener el triunfo del Frente Amplio en las elecciones de 1999) exige una mayoría insólitamente alta porque cuenta los votos anulados y los votos en blanco, lo curioso de la situación fue que de inmediato los medios pasaron a hablar del 39% de votos de Martínez (porcentaje que surge tomando en cuenta los votos anulados y los votos en blanco, votos que no se toman en cuenta para ningún otro cargo electivo ni en Uruguay ni en otro país).
El caso es que con esa forma de manejar la información, la idea que se instaló en buena parte de la población fue que la votación del Frente Amplio (nada despreciable para ningún partido del mundo), había sido más baja de lo que se esperaba. Que lo fue, pero un punto porcentual que hace cambiar el vocablo de una decena a la otra, hace toda la diferencia en lo conceptual y en el imaginario popular.
Pasada la elección, los principales dirigentes de varios partidos que no llegaron al balotaje, salieron -casi de inmediato- a respaldar al líder opositor y a anunciar una coalición electoral para apostar al cambio. Como si el cambio, per sé, fuera algo positivo. Lo llamativo (preocupantemente llamativo) es que la prensa en general -salvo honrosas excepciones- no preguntaran el por qué de ese cambio o peor aún, para qué.
Lo que sí está claro, sumamente claro, es que los líderes de la oposición, más que apostar a un cambio positivo, apuestan a un cambio para que el Frente Amplio deje de estar en el gobierno.
Eso, aunque no se diga, es un cambio en negativo.
Entre las particularidades de la elección del pasado 27 de octubre, lo mas llamativo fue el surgimiento de un partido político claramente de derecha, con una amplia participación militar y de población con ideas conservadoras y autoritarias. El principal dirigente de ese partido es un General retirado con un perfil reaccionario importante.
En ese partido, un día sí y otro también aparecen dirigentes locales y barriales con posturas harto cuestionables (neonazis, en contra del aborto y de los derechos de las mujeres, en contra de las políticas sociales contra las minorías, etc).
Pocos días después de la elección, el Gral. Manini (ex candidato a la presidencia por ese partido), anunció -con la intención de apaciguar aguas- que "no se quitarían derechos adquiridos". Una vez más, la gran prensa no cuestionó mayoritariamente. Parecía que el general retirado estaba dando certezas respecto de las políticas sociales.
Lo que no llamó la atención fueron 2 cosas: en primer lugar que hablara de "derechos adquiridos". Los derechos no se adquieren, en todo caso se reconocen.
Lo que Manini estaba diciendo (sin decir), es que los derechos adquiridos por los militares no serían tocados. Y se refería al retiro militar después de 25 años de servicio, sin importar la edad que se tenga. El déficit del Servicio de Retiros y Pensiones Militares es de más de 500 millones de dólares anuales, debido a que la edad de retiro es muy temprana. Eso provoca que el Estado deba asistir constantemente a esa caja, con montos ascendentes año tras año.
Recientemente se celebró el primer debate obligatorio de candidatos a la presidencia, coordinado por la Corte Electoral.
Durante el mismo, el candidato de la oposición no se cansó de plantearle a Daniel Martínez una pregunta tras otra, en forma compulsiva y hasta agresiva. Lo mismo han hecho ex periodistas devenidos en candidatos, con dirigentes frenteamplistas.
Y tras tanta pregunta, de lo que no se habla, es de las inconsistencias del programa creado entre gallos y medias noches en una semana entre dirigentes que -antes del 27 de octubre- se decían distanciados por un océano, y que está plagado de buenas intenciones sin mayor asidero que la buena voluntad de algunos de los que dicen que podrán llevarlo adelante.
Porque además, entre tanta cosa que se anuncia, se habla de una ley de urgente consideración (con más de 300 artículos), de la cual nadie parece conocer el contenido y que puede convertirse en un decreto si el parlamento no se pronuncia en el plazo establecido.
En todo caso, lo estrictamente cierto es que para un candidato y para el otro, habemos varios votantes "de fierro" a los que nadie nos convencerá de otra cosa que no sea votar a ese candidato que representa a ese modelo de país.
Pero el punto no somos los acólitos, sinó aquellos cuyos partidos no llegaron a la segunda vuelta.
Esos votantes quizás deberían preguntarse si realmente quieren votar "castigando" a una fórmula que no es enteramente responsable de los errores que cometió la fuerza política que gobierna actualmente y que - de hecho- puede aprovechar esos errores en beneficio de la población toda (que ya está siendo altamente beneficiada por políticas en diferentes áreas); o si por el contrario, quieren apostar a un conglomerado de fuerzas políticas que se unieron con un único propósito declaradamente firme: sacar a la fuerza política que representa al 40% de la población del gobierno, sin tener claro exactamente por ni para qué.
Ni más, ni menos.
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