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CORAJE

  • Foto del escritor: Raúl Ávila
    Raúl Ávila
  • 6 jul 2021
  • 2 Min. de lectura

Todo emprendimiento, toda determinación, toda postura, toda ideología, toda creencia y todo objetivo se resume en uno sólo: HAY QUE DISFRUTAR LO QUE SE VIVE.

No es nada nuevo. Durante toda la existencia se ha dicho esto en una u otra forma (mientras escribo esto, me viene a la memoria la canción "Como dizía o poeta" de Vinicius De Moraes: "a coisa más divina q á no mundo e viver cada segundo como nunca máis").

Hay quienes lo intentan y por momentos lo logran, pero naturalmente la cotidianidad en una sociedad de consumo suele llevarse por delante a estas personas.

Después están los que pretenden encontrar el disfrute en organizaciones, cultos, sociedades benéficas e instituciones sociales. El resultado no difiere demasiado del anterior y lo digo con conocimiento de causa (durante años participé activamente de actividades de corte religioso, donde se cantaba cada fin de semana que formábamos parte de la paz y el amor, para después conspirar secretamente contra alguien que candaba en el mismo ritual con nosotros).

Durante buena parte de mi vida, supuse que el disfrute estaba en llegar a casa y servirme una buena copa de vino o un whisky (a los cuales, indefectiblemente, le sucedían varios más).

Las redes sociales han potenciado la ansiedad y la agresividad en muchísimas personas. A eso debemos sumar la bajísima tolerancia a la frustración que se viene desarrollando en todo el mundo.

Este coctel viene dando -como resultado- más de una generación de personas que parecerían tener una adicción a la confrontación que honestamente me preocupa mucho.


Yo tuve la enorme fortuna de encontrarme conmigo hace 3 años y un día, verme sin filtros ni consideraciones de ningún tipo y asumir que debía apuntar a un cambio radical si lo que quería de veras era disfrutar.

No fue una decisión que haya razonado sólo al influjo de una iluminación especial, nada de eso.



En realidad todo fue gracias a una persona que tuvo la honestidad amorosa de señalarme que estaba arruinando mi propio disfrute por la forma en que consumía alcohol.

Realmente fue (y sigue siendo) una de las cosas más tiernas y honestas que alguien haya hecho. Y fue sin estridencias, sin pretensiones, sin otro objetivo que hacerme reaccionar... vaya si lo logró.

Desde entonces no dejo de agradecer por la puerta que me hizo abrir y el mundo que descubro día a día desde que traspuse dicha puerta.


Hay que animarse a disfrutar, a pelear por el disfrute, a conquistar la alegría.

Es la manera más genuina de ser revolucionario en un mundo donde la amargura, el mal humor, la desdicha y la desesperanza son la moneda corriente día tras día.



Hay que salir de esa "zona de confort" que nos atrapa y pretende hacernos creer que el desánimo es "lo normal".



Defendamos la alegría como decía Benedetti y descubramos que al final somos capaces de reír, cantar, bailar y brillar como jamás lo hubiéramos imaginado. Seguramente no nos salga a la primera, pero démosle a la alegría el 10% de las chances que ya le hemos dado a la depresión y después saquemos conclusiones.



Después de todo, el primer paso en el logro de un objetivo, es el intento


 
 
 

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