BALANCEÁNDOME
- Raúl Ávila

- 25 dic 2019
- 5 Min. de lectura
Cierre del año.
Tiempo de balance.
En estas fechas a todos nos pasa de sentir que algo (junto con el año) se cierra.
Suena tentador entonces, repasar el ciclo (desde un punto temporal similar al actual) y verificar datos para sacar conclusiones.
Aquí voy entonces.
Este 2019 comenzó un poquito antes... tres días antes para ser precisos. El 28 de diciembre del 2018, como un presagio de muchas cosas lindas que sucederían, fui parte de un reencuentro que -a priori- sonaba como impensable: después de casi cuatro décadas, nos reencontramos viejos compañeros de escuela (y dos de nuestras maestras), a quienes la vida nos había separado.

De una forma imposible de prever, nos fuimos encontrando y conectándonos, y creo que sabíamos todos que no nos alcanzaban las redes sociales para comunicarnos, necesitábamos el encuentro, el abrazo, la anécdota, la emoción compartida, el otro no sólo visible, el otro presente, palpable.
Luego vinieron nuevos encuentros y nuevos abrazos. Los 50 de algunos que -junto a otras excusas- propiciaron más abrazos, más risas y más emociones.
El próximo 28 celebraremos el primer aniversario de aquel encuentro y la reciente jubilación de nuestra maestra de sexto año de primaria, Nelly... y seguramente tengamos nuevas emociones, más alegrías y hasta alguna sorpresa... nunca se sabe.
A finales de enero, una sucesión de malas decisiones terminó en un episodio triste y ciertamente inquietante. Tres delincuentes me golpearon y me robaron la bicicleta, los documentos y otras pertenencias. De golpe (literalmente hablando) parecía que el año comenzaba de la peor manera. Sin embargo, ese episodio me demostró la solidaridad de mis compañeros de trabajo en un gesto que no dejaré de agradecerles.
En todo caso, lo importante fue que salvo por un fuerte golpe en el rostro, yo estaba bien.
En febrero concursé por un ascenso en mi trabajo. Era un cargo que realmente me atraía por varios factores. Obtuve un muy buen puntaje, pero aun así no fue suficiente para acceder al cargo. De todos modos, una excelente amiga (Charito Canessa), hizo un excelente concurso y accedió al cargo y eso hizo que su logro fuera mi alegría. Una cosa quedaba clara, quienes me superaron en puntaje lo hicieron porque ciertamente eran mejores.
En marzo, a mi regreso de la licencia para preparar el concurso, me encontré con una sorpresa formidable: el personal con quien trabajaba puso al día la dependencia donde nos desempeñamos. Algo que casi no tiene antecedentes en nuestro organismo. Motivo más que valedero para sentirse orgulloso.
En mayo volví a disfrutar un cumpleaños como hacía mucho no lo hacía. Ángela (una de mis ex compañeras de primaria) tuvo la enorme generosidad de organizar una celebración para ella y para mí (ya que cumplimos casi el mismo día) y no podría expresar cabalmente lo que eso significó para mí.

En junio llegó a mí vida una sorpresa maravillosa. Alguien con quien hacía unos diez años habíamos coincidido en un encuentro amoroso, se volvió a acercar a mí y del modo más increíble y tierno, me hizo sentir como hacía mucho no me sentía (y como no quiero dejar de sentirme). Hoy, Vero y yo estamos construyendo una relación basada estrictamente en lo que ambos sentimos y en cómo lo cuidamos. Sabemos que nada es simple ni fácil, y sabemos también que sólo de nosotros depende la felicidad, el futuro y la alegría.
Ella me ama y yo la amo (algo que además es muy fácil, porque conocer a Vero es amarla).
El año siguió transcurriendo y en algún punto tuve que hacer saber mi descontento con resoluciones de mis superiores laborales. Eso motivó alguna reprimenda a mi persona, pero también significó dejar en claro que es posible plantear disconformidades con firmeza y con corrección, además de demostrarme que decir lo que se piensa y hacer lo que se dice, aunque a veces sea dificultoso, siempre es la mejor opción para sentirse bien con uno mismo.
Pasó la primera parte del ciclo electivo en mi país. Formé parte de equipos de trabajo en tareas de gran responsabilidad por primera vez en mi vida. Aprendí muchísimo y creo no haber desentonado. Cometí algunos errores (creo que ninguno grave o muy grave). Tuve algún acierto que ya se sabrá si fue algo importante o simplemente algo que ayudó un poco.
Algunos análisis y exámenes médicos me han dado muy buenas noticias de mi estado de salud.
Cerca de estas fechas, recibí algunas noticias muy lindas de gente de la que hace mucho no sabía nada y eso me puso muy feliz.
Y en todo este trayecto, una decisión primigenia fue la que -día tras día- me viene demostrando que cuando uno resuelve quererse, todo lo demás sucede de un modo natural.
Es así...
La apuesta que hago a diario, prometiéndome 24 horas limpio de alcohol, desde hace 17 meses y veintiún días, es lo que ha generado (y sigue generando) una alegría tras otra.
A esa decisión (tomada inicialmente con miedo al fracaso) le debo todas las demás decisiones acertadas, las propuestas laborales plausibles de realizar, el compromiso de mis compañeros de trabajo, la alegría de todos mis entornos al verme bien... y si fuera poco, le debo un par de ojos (detrás de dos cristales), que dulces y hermosos me incitan a ser feliz cada vez que me miran.
Ahora estoy en condiciones de asumir nuevos desafíos. Nada demasiado importante para el mundo, todo crucial para mí. Para mi bienestar, para cómo me siento conmigo mismo.
Recién a mis casi 50 creo haber entendido algo que suena muy simple y que -sin embargo- pasa inadvertido para casi todas las personas por todos los estímulos (de todo tipo) que nos acorralan en una sociedad consumista, competitiva, individualista y egoísta.
Nada está bien, si uno no está bien consigo. No importan las fiestas a las que uno concurra, ni la cantidad de amigos (verdaderos o virtuales). Poco se logra consiguiendo "likes", "me gusta", corazoncitos o deditos para arriba.
Podemos evadirnos, narcotizarnos (como me dijo alguna vez una querida amiga), pretender que nos sentimos plenos sólo porque publicamos fotos riéndonos en las redes sociales o porque hacemos algo que nos granjea mucha aprobación de la comunidad.
Lo cierto (y recién ahora lo entiendo) es que uno debe cuidar de uno mismo, de cómo se ve, de cómo se siente, de cómo se percibe y -lo más importante- de cuánto está haciendo para verse, sentirse, percibirse y proyectarse mejor.
Como decía Steve Jobs, uno debe preguntarse todos los días, si lo que haría ese día lo hará sentirse bien; y si durante más de dos días la respuesta es "no", entonces algo debería cambiar. Yo agregaría que el comienzo de ese cambio, empieza siempre (inexorablemente) por uno mismo.
En eso estoy, porque ahora creo haber entendido que de eso se trata vivir... si lo logro o no, se los contaré el año próximo.
FELICIDADES!!!!
Comentarios